La sala de espera está ocupada por dos hombres leyendo el periódico, una mujer enfrascada en su magazine “Hello” y una madre que juega con su niño. El chaval tiene los ojos almendrados, parece casi chino y me sonríe con curiosidad. Miro a su mamá y tiene los ojos similares. La ventana refleja el ir y venir de gente bajo la lluvia. Tengo el gorro puesto. Al quitármelo noto toda una corriente eléctrica que retumba mi cuerpo. La fiebre se excita y me conmueve los interiores. Tengo que esperar un rato hasta que el doctor me hace una seña desde el fondo del corredor. Me levanto, hablamos, me ausculta me toma la temperatura, se aparta y me da las noticias:
- “don’t tell your mother and don’t worry…”
Creo recordar que esbocé una palabra malsonante. Solo esbozada porque me interrumpió de nuevo:
- “don’t worry, don’t get upset, it’s just everywhere, go home, take the medicines and stay in bed, that’s all”.
Salgo hacia la lluvia atrapado entre mi gorro, la bufanda y mis meditaciones efervescentes sazonadas por el surrealismo de la fiebre.
Mi casa tiene dos puertas, una da al mundo, la otra hacia el mar. Cierro la primera con todos los cerrojos y protecciones, será la salvaguarda de la cuarentena. La otra quedará libre para ventilar la casa con el aroma de la naturaleza marítima de algas y naufragios. Descuelgo mi bata marrón, aquella que solo gasto para las enfermedades importantes y me pongo el termómetro mientras observo al infinito mar de Eire.
Pandora, mi ángel protector golpea la entrada principal.
- “No entres Pandora, estoy en cuarentena”, digo desde el otro lado.
Pero Pandora no respeta cuarentenas, es un ángel intemporal, metafísico que no atiende a razones. Abro la puerta y me alejo veloz a la chimenea cubierto con un pañuelo triste y mi bata marrón. Pandora viste de violeta, desplegando vitalidad y gestos de energía, sonrisas de vida. Es de las pocas personas vivas que conozco, no se ha dejado enterrar ni por su edad, ni por su biografía, ni por sus proyectos, ni por el mundo. Pandora en cada gesto se renueva y muestra la niña eterna que late en su ser. Se ríe contagiando alegría, hace muecas y me deja un saco de provisiones. Todo lo que me ha comprado son cosas de Mark&Spencer: paté, zumos de todos los colores, panes de todos los sabores, pañuelos anti virus, botellas de alcohol para las manos, caramelos… no cabe nada en el frigorífico y me lo va mostrando desde la distancia con poses y algarabía. Es un contraste de movimiento en púrpura y ébano en mi cocina melancólica de platos sin fregar decorada por diez fotos en blanco y negro.
- “Que fotos te gustan mas, Pandora?” Digo desde la chimenea
- No pienses en las fotos ahora y descansa!! Friego esto esto y te las llevo a imprimir y hablamos. Don’t worry, you will be fine for the exhibition next week!!!!.
Me despido desde la chimenea esbozando mi pañuelo con virus y ella graciosamente, alada, ágil, se desvanece por la puerta con una sonrisa.
Miro mi cuaderno de guerra, mi diario a cinco columnas con los objetivos hasta final de año, mi biografía en cuadrícula tiene que hacer una pausa y trazo con temblor y rabia una gruesa línea mientras el gris del mar se funde con un cielo totalitario frente a mi ventanal.