Monday, 9 February 2009

07/09/2007 11:26:35 CHE GELIDA MANINA

MI-SOL-SI-RE-FA!!! FA-LA-DO-MI!!

MI-SOL-SI-RE-FA!!! FA-LA-DO-MI!!



Toda la rabia y el salvajismo preadolescente de los alumnos se encauzaban en ese grito por habilidad inteligente del hermano Martínez. Consciente el hombre de que su asignatura era considerada una “maría” y que no era persona de autoridad, había utilizado su inteligencia eficiente de jesuita para lograr que aprendiéramos las claves de la música. Y lo recitábamos con fervor e inusitada fiereza, cual ensayo ingenuo de niños hiperactivos que más tarde invadirían España (hay que decir inmediatamente que en aquella época no había hiperactivos, los padres hacían su trabajo).



Era paradójico que el tono utilizado para aprender las tablas de multiplicar, esa procreación ciega de unidades frías, fuera más similar a una nana trance en contraste con la violencia marcial aplicada a las notas musicales. Pero claro, en el aula de matemáticas la autoridad vertical se adivinaba desde el umbral de la puerta, y no había mucho espacio para gritos.



Si, desgraciadamente la asignatura de música era una de esas materias consideradas “marías”, es decir, que aprobaba la mayoría sin hacer ningún esfuerzo. Música y gimnasia, en realidad. En los primeros años nos enseñaban a tocar la flauta, un instrumento complejo, quizá porque nunca lo tomamos muy en serio. Mas tarde todo mejoró cuando empezamos a estudiar la historia de la música y escuchábamos las audiciones. El mundo de los motetes, madrigales y demás. La clase de música era un paréntesis a la educación tecnócrata de los libros y a la primera vez que entrábamos en contacto con la posibilidad de creación personal, aparte del dibujo, claro está.



Aprobamos las asignaturas, dejamos el colegio pero el germen que con tanta paciencia inculcó el gran hermano Martínez, quedó dentro. Tanto que un día me sorprendí en frente de un escaparate de una tienda de música tomando notas de partituras que intentaba tocar en la flauta. Más tarde los reyes magos me trajeron un órgano electrónico y comencé a dar forma a las notas aprendidas a golpe de entusiasmo y grito. No practiqué con regularidad pero siempre volvía al instrumento para intentar sacar canciones, para experimentar, para buscar inspiración, en fin.



Recuerdo que en aquella época había una colección de música que se llamaba “Musicalia” donde con casetes y fascículos hacían un magnífico recorrido por todos los géneros clásicos. Escuché bastante música aunque mantuve un respeto y una distancia considerable con un género: la ópera.



Esto fue así hasta que me fui a vivir a Roma. Un día glorioso me fui a ver Aida y muchas coordenadas cambiaron. La ópera, el mundo de la ópera comienza con el olor añejo del teatro que se mezcla con el sonido de los instrumentos afinándose, el crujir de la butaca y la visión de las grandes cortinas encarnadas a juego con el carmín profundo de las señoritas estiradas. El mundo se resume en ese espacio y se amplía el Sentido en las horas en que dura el milagro.



Tengo que decir que Aida fue una gran elección para la primera ópera, para empezar a iniciarse. Y es así por espectacular en la historia y popular en la música. Recuerdo que desfilaron hermosos caballos en el escenario y quizá habría cerca de 200 intérpretes en el escenario.



A partir de ahí seguí interesándome en el género y empecé a comprar libretos. Creo que es complicado saborear una ópera, cualquier ópera sin saber que es lo que está pasando en el escenario, sin conocer la trama. Muchas veces hacer de la ópera lo más hermoso o lo más tedioso no hay más que un paso. Me aprendí de memoria Rigoletto que sigue siendo mi favorita, por cierto: “Della mia bella incognita borghese....” es asequible, pasional y habla de tremendos problemas. No voy a decir que lloro pero siempre puedo sentir el resentimiento, la rabia, la pena y el dolor en muchas de sus partes. “piangi, fanciulla, fanciulla, piangi…”



En fin, seguimos con Verdi en versiones de Del Monaco hasta que en otro día glorioso, era navidad y yo volvía de Roma puse el CD que me había regalado un amigo de la Gregoriana.



Era “La Boheme” del gran Puccini. Hacía frío en la meseta y la luz de invierno entraba por la ventana. En el mundo infinito de mi habitación, los bohemios, ese gang ilustre, prendían fuego a las mesas para calentarse mientras burlaban al landlord para pagar la renta.



Mimí era delicada y tenía frío. Tenía la sonrisa hermosa y tísica, belleza de los románticos, diosa anémica de buhardilla.

Luciano se acercó presto para calentar su gelida manina y todo tuvo sentido.



(Dedicado a Luciano Pavarotti. Gracias y descanse en paz)

Comentarios



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Comentarios

Enviado a las 07/09/2007 11:44:12 por rosalbus
Afortunadamente la música no está sometida a este contratiempo de morirse...

Es curiosa la capacidad inmortal de la música, lástima que esté sometida a un triste y retorcido apéndice auricular..
¿Cómo algo tan bonito puede entrar por algo objetivamnete tan feo como una oreja?

Be music, my friend! Je je


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Enviado a las 07/09/2007 13:13:10 por Imperter
Buenos dias, tardes ya, querido Mac.

Descanse en paz esa gran voz y persona que fué, es y será por siempre Pavarotti. Muy bonito post con el que lo homenajeas.

A mi, mas que la ópera en general, me gustan las grandes composiciones interpretadas con grandez voces. El sentimiento ante una de esas obras es dificil de describir, así que no lo voy a hacer.

Veo que te dejó huella el hermano Martinez, debió o debe ser (no se si aun vive) una persona muy interesante. Por cierto, hay un parrafo en que le llamas "gran hermano", que en nuestros dias no suena precisamente a homenaje, se están cargando también el lenguaje.

Un abrazo, Mac.

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Enviado a las 07/09/2007 13:30:22 por ecano
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Querido amigo: hermoso relato y magnífica dedicatoria.
Un fuerte abrazo.

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Enviado a las 07/09/2007 13:44:16 por Cualquie
Hola, Mac. En mis tiempos no se daba música en los cogios. Yo, de hecho, empecé a estuciar música con 18 años, aunque había hecho mis pinitos con un órgano de juguete unos años antes; ya ves, muy tarde. Después de tres aos de conservatorio me fui a la mili y, cuando la acabé me puse a tocar en piano bar.
Pasé, eso sí, casi toda mi adolescencia oyendo a Bach y un poco también a los otros grandes músicos, pero de ópera escuché poco, la verdad; lo más típico.
Un abrazo, iralnadés

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Enviado a las 07/09/2007 13:44:46 por Caminant
Url: http://blogs.libertaddigital.com/Caminant/
Estupendo artículo-recuerdo, Mc.
Algunos pertenecemos a la época que la música era una pérdida de tiempo y más apta para mozas que para los viriles estudiantes.
Es justo reconocer que ahora, al escuchar alguna canción clásica, o escuchando esas partituras,notas que se ha perdido un tiempo precioso.

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Enviado a las 07/09/2007 13:58:19 por ecano
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Querido amigo McMurphy: aquí tienes tu preferida. Lo mismo en este que en el anterior, puedes ver otros pasajes.
Disfrutado.
Un abrazo.

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Enviado a las 07/09/2007 14:59:07 por McMurphy
Muchas gracias amigos,
me voy a Espana de vacaciones dentro de unas horas escasas, a las fiestas de la Meseta.

Me dicen que alli hace "fresquillo". Aqui hace un calor tremendo. En estas islas nunca se sabe...

Un fuerte abrazo.

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Enviado a las 07/09/2007 19:30:42 por emiddcc
Url: blogs.libertaddigital.com/emiddcc/
Buenas tardes Mc. Estupendo post nos has dejado. Por el mismo, podemos saber tu gusto por la musica clasica. Verdi, Puccini etc. Y para terminar a modo de colofón, haces mención y recordatorio del gran maestro Pavarotti, el cual nos ha dejado para pena de muchos. Dios espero que lo tendrá sentado a su lado para que pueda alegrarle de vez en cuando con su arte dificilmente igualado...Un abrazo.

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Enviado a las 08/09/2007 15:59:35 por Arturito

En cada momento el hombre piensa y actúa desde el lugar al que le ha traído su pasado; cada pensamiento suyo y cada gesto recapitulan de alguna mera todo lo que antes pensó e hizo.

No escribe sobre una pizarra lo que esta noche ha de borrar, para mañana escribir de nuevo sobre una superficie intacta. Su vida es continua, un palimpsesto de mil redacciones superpuestas, cuya lectura no es fácil ni tampoco amena. Al final debajo de las sucesivas versiones de la historia asomará una escueta caricatura.

En fin, es problema de cada uno. Tanto importa poseer el libreto de la intimidad ajena como esforzarse en abrir una caja fuerte que sólo contiene un papel con su combinación.



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