Wednesday, 7 July 2010

DIAS DE FUTBOL

“Football's not a matter of life and death ... it's more important than that,”

Bill Shankly –Liverpool Manager entre 1959-1974



- ‘Quieres ir al fútbol?’


- ‘Bueno’


Era un día de primavera y me faltaba bastante trecho para llegar a la adolescencia. Vivía esa época sublime donde se saborean los frutos de la infancia y toda la biografía cabe en un inmediato y glorioso presente.


Mi tío me cogió la mano y nos dirigimos hacia el Estadio José Zorrilla.


El partido ya había empezado y en nuestro camino se iba haciendo presente un murmullo conjunto, un coro inquietante, melodía de un volcán en erupción que a determinados intervalos se destapaba hacia el grito bronco. Todo generado desde el perfil imponente de un estadio que parecía tener vida propia. Me parecía incluso, en mi imaginación excitada, que el suelo se movía y que se iba a desgarrar de un momento a otro.


Traspasé el umbral donde un hombre con bigote, ojeras y visera con los colores morado y blanco cortaba las entradas. Ahí cambió todo, el antes y el después.


Ante mí, rodeándome, me encontré en un escenario de ambiente macho, exaltado, exagerado por voces roncas y toses bronquíticas provenientes de tíos con facciones marcadas por el grito. Parecían enfadados por todo, gesticulaban sin pudor y mascullaban tacos sin parar.


Nos acercamos a las barras que en aquella época separaban las gradas del campo y me agarré a ellas para quedarme hipnotizado al ver el campo de juego, tan verde, con colores tan vivos. Las barras temblaban y el grito me parecía ensordecedor. Quizá no lo fuera pero es que hasta entonces nunca había oído gritar a nadie y menos en grupo.


Mi tío me miraba sonriéndome y yo le señalaba lo que llamaba la atención:


- “Ese es Moré, el capitán con el brazalete rojo!!”


- “Ese el portero al que apodan el ‘loco Fenoy’!!”


- “Mira los banderines del córner!!”


- “Qué grandes son las porterías y que cerca está el punto de penalti!”


- “El entrenador en el banquillo, es Paquito, no?”


Era un espectáculo inigualable. Un nuevo mundo donde yo ponía nombres a las cosas. Todo el personal tenía el rostro curtido y rojo, las yugulares inmensas moldeadas por la protesta y todos fumaban puros. Una nube poderosa de color gris sucio se interponía entre el cielo y el campo. Un aurea laica que aislaba el grito, que escondía el verbo en taco del resto del cosmos.


Fue el inicio, solo el inicio. La iniciación, para ser exactos. Me hice socio del Pucela y a partir de ese día íbamos todos los domingos a ver al primer equipo o al Promesas. Nos sentábamos en tribuna, en esas tribunas de obra donde la gente se colaba trepando sagazmente y de repente veías que por debajo de tus piernas aparecía la cabeza de un tipo que había llegado hasta allí escalando para ver el partido de gorra.


Entre las cosas que aprendí, y sigo aprendiendo del fútbol (fiel y sucio reflejo de la vida, en su mediocridad y grandeza, en su asumida injusticia) es la fidelidad a unos colores y la imposibilidad absoluta de cambiarlos a pesar de todo. El Real Valladolid ofrecía sufrimiento y lucha que casi siempre terminaba en agonía, aunque se ganara. Y así domingo tras domingo se forjaba un amor con vocación de eternidad; esos amores que se impregnan a la genética y que quieras o no, te los llevas a la tumba aunque los enfados a los que te acostumbran te haga renegar de ellos.


Sólo otro equipo me ha producido tanta intensidad, la Selección Española. Ambos equipos tienen la historia frustrada, la biografía pendiente, casi como todo el mundo, vamos. Ambos nunca satisfacen, pero cuando lo hacen te lo llevas contigo para siempre.


Hoy es un día importante. Más allá del fútbol, de la crisis, de un país que no cree en si mismo, de que la Bandera esté en manos un grupo de millonarios privilegiados que no aguantan la presión, más allá de todo, más acá de nada, hoy a las 7.30 hora isleña hay una pausa en la guerra vital que durará unas horas.


En ese intervalo estaré con mi camiseta, mi bandera, mi pinta y mis palomitas y rodeado de ilusión de niño que entra en un estadio por primera vez, de la mano de mi tío al lado con su bufanda y su maletín animando a la selección.


Hoy es un día para celebrar.


Arriba España!!

1 comment:

FRAN said...

Hola, Almirante:

Hermosos recuerdos de infancia y adolescencia ligados al fútbol, al Pucela, y también a la Selección, cuando no ganábamos ni a las chapas. Precisamente Mamita acaba de publicar en LD un estupendo artículo sobre uno de los efectos colaterales de esta fiebre patrio-futbolera: las calles llenas de banderas españolas.

Un fuerte abrazo, Mac