Tuesday, 30 November 2010

UN DOMINGO EN DUBLIN

MULLACH ÍDE

“Te esperamos en la estación”


El tono del sms me sorprende de marcha hacia el punto de encuentro. Camino con mucho cuidado, mochila a cuestas entre la nieve con mi cámara al cuello e intentando esquivar el hielo acumulado. Las calles de Mullach Íde han aparecido cubiertas de esplendor en una noche intensa de nevada armónica que ha inundado la Marina hasta cubrir con copos las frutas del madroño de mi jardín. A las siete de la mañana el espectáculo alcanzaba el sumun con la luz del sol helado rompiéndose en gloria hacia el infinito del mar de Irlanda.


Paso la iglesia de San Silvestre con sus cruces celtas medio hundidas y veo por fin la silueta de mis amigos: tres adultos envueltos en abrigos largos tiritando de frío y rodeados en emboscada por tres adorables menores. Tres-Sujetos-Tres en movimiento y embrujados por una energía que no admite tregua y les empuja a una nueva batalla de nieve entre gritos y quejas. En pleno acoso y agradeciendo al cielo que ninguno haya caído a la vía, - no piséis la línea amarilla, f**k!!!”- aparece nuestro tren tras ligerísimo retraso anunciado por el Station Master.


El DART se abre camino hacia la estación Connolly creando un escenario de película rusa que me recuerda al Doctor Zhivago, entre campos de golf y mesetas blanquísimas que ocultan los tonos verdes característicos de la isla Esmeralda.


LA NIEVE LIMPIA


“St Kevin’s Church, Harrington St, please”


El taxi driver conduce tranquilo por un Dublín nevado y desierto. Todos los puentes en hilera custodian un Liffey madrugador que transmite el recuerdo de los primeros fundadores vikingos al pasar por el harpa de Samuel Beckett. Bajo el reloj del Irish Times el tráfico aumenta hasta aligerarse en Dame Street mientas aparecemos en el College Green rodeados por la gloria del Trinity y las majestuosas columnas del Bank of Ireland.


La nieve, como el desierto, es atractiva porque “limpia” y desde esta paz matutina en silencio de domingo nos aparecen como irreales los gritos de la manifestación en O’Connell Street de hace apenas 24 horas. Gritos de enfado y rabia brotaban de gargantas irritadas-indignadas por esa masa llamada “Pueblo” destinada a soportar una maldición moderna que se llama “Budget” y que promete ajustar los desmanes de un crecimiento inútil de diseño artificial. Ante la presencia de los fantasmas rebeldes del 16 en el edificio del GPO se venía a reconocer la pérdida de una soberanía que no ha llegado a los cien años. Se venía a poner punto final a la orgía del Tigre Celta que termina vendiendo la isla de nuevo a los enemigos de toda la vida. La historia arde entre la nieve y se hace lágrimas como copos ante la desolación muda y sabida de las estatuas de santos, literatos y sufrientes de la Great Famine. Es el acta de defunción de una época que no supo aprovechar el crecer rápido al 20% con cebos del 12.5.


“Le dejo mi teléfono por si quieren volver a Malahide luego” me dice el taxista con agilidad y bronquitis crónica.


IGLESIA DE SAN KEVIN


“Dominus voviscum”


“Et cum spiritu tuo”


El domingo se simboliza entre inciensos con música en lengua madre para mostrar el Sacrificio a un grupo de almas con hambre de Verdad y contundencia. Tras la bendición, la luz del sol que antes iluminaba recesiones crepusculares, estalla en ventanales católicos para mostrar el Misterio.


“En tiempos de ridículo internacional y crisis en nuestra iglesia es hora de entender que lo único importante es Dios y el Alma”


El sacerdote lee en lengua moderna la única parte de la ceremonia permitida para ello. Las homilías en San Kevin están escritas, muy bien escritas y son claras. Este no es sitio para confundir al personal con sofismos buenistas ni se escuchan guitarreos de cambio de acordes para entonar el alabaré-alabaré con coreografía de palmaditas a destiempo.


No, en San Kevin se va al grano y se habla de lo único que importa porque en realidad es lo único que existe: Dios y el Alma.


Tras la comunión no puedo evitar observar la ventana de “Mary & John Murphy” que me traslada al recuerdo de mis otras vidas para recordarme el frío de mi costado y dejarme el ceño fruncido.


Ite Missa est


ST STEPHEN’S GREEN


El parque del centro de la capital recibe al grupo de amigos en estado casi místico tras el paso por San Kevin. El lago está helado y una postal de la Navidad inalcanzable aparece ante nuestros ojos. El sol de invierno se nos quiere acercar coqueteando entre las ramas para juguetear con mi cámara que intenta atajar tanta luz en un formato que descubra su sentido. Nos paramos en todos los templetes haciendo fotos mientras las estatuas nos guían hasta la salida de un bosque ya encantado. Volvemos la última mirada hacia el green mientras nos alegramos de que ninguno de nuestros jóvenes acompañantes se haya hundido en el lago.


O’DONOGHUE’S Y EL FLAUTISTA DE HAMELIN


Ha sido un viaje distinto al vernos sorprendidos por esa aurea de energía que nos han traído las nuevas generaciones desde España. Son representantes en ebullición de una tribu que viene dando muy fuerte. Hemos visto estupefactos manifestaciones de esa energía formidable que ordenaba a sus poseedores retozar por la nieve en el Trinity College, patinar audazmente por las inmediaciones de Harrington St, comerse los manteles del restaurante Giovanni bajo la mirada de camareras intimidadas, parar un tren tras golpear ventanas de emergencia hasta, por fin, derrumbarse agotados en los confortables sofás de los pubs de luz tenue y rugby en las pantallas.


Esta energía, curiosamente, nos ha terminado agotando a los mayores. Tanto, que nos ha hecho viejos en dos días ante la impotencia de encauzar tanta vitalidad e incluso entenderla.


De repente, ya pérdida la esperanza, San Kevin nos echa una mano y se produce el milagro en O’Donoghue’s cuando los acordes de la melancolía celta en clave de guitarra y voz profunda que canta a la nostalgia y la pérdida consiguen parar el mundo y seducir la atención del auditorio rebelde.


Se hace el silencio reverencial y vemos con asombro a los chavales situarse dócilmente en primera fila, casi en las rodillas del maestro y su amigo, otro músico con tirantes, coleta y mejillas sonrosadas.


El mítico O’Donogue’s, lugar de nacimiento artístico de los Dubliners, se convierte en Hamelín y la flauta consigue apaciguar lo que nosotros no pudimos.


Sonrío a mis amigos y convenimos que nos merecemos tomar otra pinta a gusto y un Martini rojo on the rocks. Cheers!


Un domingo para recordar.


“A mis amigos, gracias” 'Sláinte!

4 comments:

FRAN said...

Hola, Almirante:

Qué hermosa crónica de domingo a la irlandesa. Haces que nos sintamos como si hubiéramos estado allí contigo. Incluso a pesar de la crisis, debe ser un lugar maravilloso para vivir. Te deseo lo mejor.

Un fuerte abrazo, Mc

Avigoria said...

Querido Mac, ya te echaba mucho de menos, un mes sin poder disfrutar de tus post es demasiado tiempo...
En este me has hecho recordar la magia de las excursiones desde el paraiso terrenal en el que vives hasta los paisajes llenos de encanto (y morsas marinas) que pueblan los alrededores de Malahide...
Leerte resulta simplemente delicioso.
Un fuerte abrazo

Anonymous said...

Sé lo que hiciste el último domingo!

Emperador said...

Hola, Mac. Muchas gracias por tu comentario en mi blog de LD.
He leído tu crónica dominical y me parece evocadora y maravillosa. Ganas tengo de ir por allí, sí señor.
Un abrazo y que la próxima Navidad nos llegue felizmente.