Tuesday, 30 October 2012

LOS RESURRECCIONISTAS

“El día de tu muerte sucederá que lo que tú posees en este mundo pasará a manos de otra persona. Pero lo que tú eres será tuyo por siempre”

Henry Van Dykev


 
A la entrada del cementerio de Glasnevin, en uno de los muros formidables que custodian el simbólico lugar donde están enterrados los revolucionarios irlandeses, se puede leer una placa dedicada a los vigilantes nocturnos que protegían el Santo Lugar de criminales especializados en robar los cuerpos para posterior venta a estudiantes de anatomía.

A dichos sujetos se les califica en el letrero como ‘Resurrectionists’.

Me llamó la atención la palabra: entrecomillada con la erre mayúscula e intuida ya con la ironía que gastan los isleños. No me costaba imaginar la imagen expresionista en frío y sombras de película sepia con dichos profesionales de la ‘resurrección’ que, tras apurar unas pintas en el “Sean Kavanaghs” -también llamado Gravediggers entre los que lo solemos frecuentar- saltarían las tapias del lugar sagrado y entre el fango y un silencio roto a paladas y toses bronquíticas se ocuparían diestramente de violar la tierra para extirpar su semilla todavía caliente de una carne almada o alma encarnada sin mas audaz propósito que recibir unas monedas para licores mientras los últimos clientes del proceso esperarían en sus casas con manos limpias recibir el fruto.

Los resurreccionistas se irían con la labor cumplida en el medio de la noche dejando la tierra con cicatrices de cesárea inversa, malhiriendo la historia en un sacrilegio cotidiano sin adornos modernistas. Se irían como cumpliendo un trabajo, una función, una tarea sin mas preocupación en la conciencia que alguna eventual superstición.

Me perdía en estas divagaciones mientras hacía fotografías tratando de entender entre el contraluz el perfil dramático de la belleza helada de ángeles verticales, de la fiereza segura de los san jorges, del dolor fémina de las piedades, del sufrimiento sereno de los cristos anglos y de las lapidas ya mas modernas con formas de corazón y frases tiernas y sentidas.

Y pensaba entre plegarias y zooms envuelto entre la sinfonía mística de astros quietos, que todo lo que estaba viendo mi cámara, intentando reflejar entre requiebros de luz no era mas que un jardín de piedra brotado del dolor, de la lágrima y del misterio en rito. Que la semilla ardiente de la vida hecha se destilaba ante mí en un campo efervescente de cruces celtas y arte erecto hacia un cielo difícil color esperanza.

Me invadió el tremendo respeto a la muerte, la revelación de nuestra vocación última de memoria y tierra en el cuidado y delicadeza de esta antesala a la Vida.

Salí del cementerio con el alma en paz y cien fotos en mi cámara. Al girar por el panteón principal y saludar a la vendedora de ramos no pude evitar dar las gracias a todos los vigilantes nocturnos (y diurnos) que, en diferentes puestos, siguen velando para impedir que los ‘resurreccionistas’ que no creen en Resurrección ninguna se dediquen a seguir haciendo de la Historia negocio y de la Muerte, mofa.

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