Monday, 11 February 2013

DIARIOS MESETARIOS – AMAGO DE CARNAVAL



-          Valladolid lleva muerta dos años.
Me lo dice así de claro y fuerte. Emilio, el barman que conozco de toda la vida, me suelta el axioma con tristeza resignada y sin matices, muy castellano.

Acabamos de celebrar uno de esos puntos de inflexión biográficos en el centro de la Capital del Imperio. Es día de inicio de carnaval y se supone que el personal debe de andar ya haciendo el chorra vestido de arlequín, de tía buena o de monja gótica. Sin embargo en el caminar por el Paseo de Zorrilla apenas he visto nada: una pareja de niños queriendo ser gnomos tirando de unos padres con angustia existencial y a un sujeto solitario de andar triste que se había puesto una careta de Halloween y fumaba un cigarro.
Este último sujeto me ha gustado. Es un personaje al que he reconocido – no era difícil –  en mis caminares vespertinos, siempre solo, fumando ducados y con gesto de maldito, reñido con el mundo. Desprende una soledad tremenda y calculo que debe tener una media de 300 amigos en feisbuk – para mí es el ratio moderno que mide la soledad. Este amigo anónimo – los malditos me caen todos bien porque yo soy de su cofradía – celebra el fiestorro pagano a su rollo: se pone una careta que habrá encontrado en un chino y hace su paseo diario celebrado en clave de carnaval. Objetivo cumplido y punto.

Yo también paseo solo muchas veces, no en este sábado al que me refiero porque voy con un bellezón a mi costado y con el traje de domingo para un sábado de celebración. Hoy soy un tipo social, el rey del mambo y la rebeldía solo queda en mi recién estrenada barba negra a la que he recortado un poco para no asustar. Es una excepción de finde a mis paseos filosóficos diarios que en estricta soledad realizo tras mi jornada laboral virtual para reunirme con el mundo y abducirlo con mi cámara y diario.
Pero como decía, el pasado sábado fue excepcional, era una noche fría de carnaval inexistente y mi amigo Emilio me decía que ya no se alterna en Pucela como antes. Le creo perfectamente – no solo porque tengo un Master en Alternar por los Tabernas Típicas (MATT) –  sino porque he visto que Emilio estaba viejo y esto me ha sorprendido mucho.

He tenido el honor y la suerte de conocer a muchos buenos camareros y nunca he visto envejecer a ninguno. Siempre ágiles, veloces, eficientes y con el gesto a punto. Me han parecido una raza de inmortales y que en su vorágine de prisas y eficiencia se conservaban físicamente iguales. Por eso de lo de Emilio me ha roto. La velocidad se para, la gente no alterna – o se toma un vino y se van, como decía Luis otro mito – y eso descubre la tremenda tragedia humana de nuestros camareros: se para el mundo y se les ve la edad. El síndrome de Sangrilá aparece de repente en nuestros mejores. Y no es el único cambio, ya que Emilio al fin y al cabo sigue en el currelo. En otros lugares se ven ya a toda la prole familiar tras la barra mientras que los profesionales están en la cola del paro del Poniente.
Tras la cena se nota frío y tristeza en la Plaza. Contrasta con una alegría personal, íntima de celebración y ambas temperaturas dispares se resumen en eso que se llama Nostalgia.

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