Wednesday, 13 February 2013

RATZINGER



‘La gran tarea encomendada a la Iglesia sigue siendo unir fe y razón, unir la mirada que va mas allá de lo tangible y la simultanea responsabilidad racional. Esta responsabilidad nos ha sido dada por Dios. Ella es lo que distingue al ser humano’ – Benedicto XVI

Era la Pascua del 94 y yo llevaba a mis padres por ‘il Colosseo’ entre una multitud de devotos y curiosos. Nos iluminaba una penumbra de antorchas y nos empujaba esa euforia interna y orgullosa por estar toda la familia junta en la Ciudad Eterna en una semana tan especial. El Vía Crucis estaba a punto de empezar y el silencio se llenaba de contenido para orar en cada Estación y escuchar la meditación correspondiente a la que seguíamos por un magnífico manual que nos habían entregado.

 Al final el Santo Padre tomó la palabra y entonó la frase que le haría ser recordado tantas veces: el ‘non abbiate paura’. Habló de la Cruz y el sufrimiento de una manera tan poderosa que nos hizo dudar si ese hombre del altar era el mismo anciano achacoso y torcido que habíamos visto tan de cerca minutos antes. Ese era el éxito de Wojtyla, esa unión de carisma, fuerza, teatralidad y garra que hipnotizaba al auditorio.

Fue realmente la primera vez que este gigante polaco me llegó al alma. Supongo que por cuestión de carácter no era ‘mi tipo de Papa’ y aunque le apreciaba y admiraba por su biografía y talento, su mensaje me quedaba frío y distanciado de toda esa algarabía de euforia-Totus-Tuus’ que desplegaba entre la gente.

Por aquel entonces se hablaba mucho de un hombre, el Cardenal Ratzinger como el que realmente portaba la materia gris de la Iglesia, estrecho colaborador del Papa y Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe – la antigua Inquisición como se apresuraban a puntualizar los que pasaban mucho del tema de la Fe.

Mi inquietud católica de aquella época estaba en búsqueda, como siempre vamos, pero mas necesitada al sumergirme de golpe en el mundo, estar en Roma y recibir tantas influencias desde distintas fuentes. Yo estaba en contacto sobre todo con gente de la Gregoriana, conocí a sacerdotes sudamericanos que trabajaban en el sur de Italia y había ido al colegio con los jesuitas. Roma era Roma, claro, una ciudad compleja llena de contrastes en todos los sentidos donde el ‘cocktail católico’ se hacía efervescente, confuso y eran necesario buenos filtros para que no se indigestase.

Había leído cosas de moda de algún jesuita ‘borderline’ y amonestado con tarjeta amarilla en textos que querían ser entusiastas, globalizadores, tolerantes hacia una mezcolanza de culturas espirituales… Era una literatura popular que a mí, en mi intuición, me parecía contaminada de una mezcla de new age, autoayuda y mucha ideología, siempre con un desdén absoluto al Vaticano, donde con concepción marxista se calificaba como ‘la jerarquía’. Esta terminología es la que usa la izquierda y todos estos movimientos ‘de base’ que con la etiqueta de cristianos solo son anticatólicos.

En esa búsqueda me topé con la ‘Introducción al Cristianismo’ de este tal Ratzinger. Fue como ver la luz. Era un libro serio, de un alto nivel intelectual pero asequible, bien escrito y sin interés en ‘vender la fe’ sino explicarla. Un esfuerzo grande de claridad y de unidad, de criterio y de exigencia del ser humano para ejercer la Razón y encontrar a Dios a través del eterno concepto de Sacrificio.

Ratzinger no era un místico que da el salto a la Realidad por la Gracia, era un trabajador de la inteligencia que nos redescubre la teología y deja abierto el camino razonable hacia el Misterio. Me pareció un texto tan lúcido como honesto y ahí empezó a madurar mi catolicismo.

Ratzinger llegó años mas tarde a la cúspide de su carrera, me alegré mucho y el mundo secular occidental le recibió con saludos de ‘pastor alemán’. Curiosamente fueron las organizaciones judías las que mejor le recibieron como subrayó Israel Singer.

Su Pontificado ha sido, en mi opinión, muy provechoso. En estos cargos donde uno llega ya talludito, donde tiene que lidiar con todo tipo de canalla dentro y fuera de sus fronteras no veía yo que fuese un tipo duro, un manager. Le veía como un intelectual que estaría contentísimo escribiendo libros en un monasterio. Pero el Espíritu Santo sopla como sopla y Benedicto llegó para organizar y escribir.

Remodeló dentro de la Curia – apenas tocada por Juan Pablo II - , viajó, aunque obviamente no con la voracidad de su antecesor, dejó mudos a pseudointelectuales que le atacaron sin razón cuando, siendo los baluartes de la pseudotolerancia, no le querían dejar entrar siquiera a las Universidades que habían sido creadas por la misma Iglesia Católica, afianzó relaciones con el Pueblo Judío, escribió Encíclicas fundantes, Motus Propios y tres libros  y cada miércoles le veíamos en Vaticano haciendo una catequesis de obra de arte.

Tuvo que arrodillarse a pedir perdón, limpiar e indemnizar a las víctimas de ese gran pecado y gran tragedia de la homosexualidad pedófila en la Iglesia, y la última estocada vino dada por el mayordomo golfo que tenía a su lado. La cruz siempre ha estado en estos años.

En España se le vio la mano con dos nombramientos interesantes: el de Munilla en nuestra diócesis etarra y el obispo de Solsona en la caverna soberanista. Este último nos salió rana, pero eran intentos de limpiar en lo que se podía lo que las nefastas Conferencias Episcopales está haciendo en muchos países, sobre todo en el nuestro.

Así, tras tantas batallas y manteniendo su coherencia íntegra intelectual decide hacer algo único que personalmente me causa desconcierto y enorme dolor. En todo caso uno se fía de los suyos y de Dios y creo que este hombre sabe lo suficiente para hacer lo que ha hecho.

Ratzinger, Benedicto XVI, Su Santidad, gracias por todo, rece por nosotros y sobre todo, siga escribiendo por favor.


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